¿FE o ESCONDITE? Paneras, guetos y la división que desangra al Islam.
Los mendrugos se guardan en la panera. Es una regla doméstica implícita: el trozo de pan duro, rancio y sobrante se oculta en la oscuridad de la madera para que no arruine la estética de la cocina. Por una triste analogía sociológica, en el mundo de las ideas ocurre exactamente lo mismo: los que tienen algo que esconder se refugian en guetos. Pero el aislamiento no siempre es una imposición de la sociedad; a menudo es una estrategia calculada por aquellos cuyas doctrinas ilegales y retorcidas no resisten la luz pública ni el peso de la verdad.
Éste fenómeno de ocultamiento y opacidad está provocando una de las mayores crisis de identidad dentro del mundo islámico contemporáneo. La proliferación de las sectas, facciones radicales y grupos extremistas opera bajo ésta misma lógica de la panera. Sabiendo que sus actividades rozan o caen de lleno en la ilegalidad, se esconden. Y no solo se esconden de los jueces o de las fuerzas de seguridad; se guardan, con pánico reverencial, de los auténticos musulmanes que practican el Islam de forma correcta, abierta y pacífica.
El gueto como escudo y la fábrica de la Fitna (División).
Cuando una facción decide instrumentalizar la fe (creencia) para justificar el control social, con agendas políticas oscuras o actividades delictivas, el hermetismo se vuelve vital. Saben que sus acciones vulneran las leyes civiles y, peor aún, los principios éticos globales. Su solución es el gueto: un ecosistema cerrado —físico o digital— donde sus líderes son incuestionables.
Sin embargo, el daño más severo que provocan todas éstas actividades clandestinas se resumen en un concepto fundamental del Islam: la Fitna. Ésta palabra designa la discordia, la fragmentación, el caos y la división interna que amenaza la unión de la comunidad (Umma).
Las actividades de éstas sectas son una fábrica constante de Fitna porque:
-Rompen la cohesión social: Separan de forma artificial a las familias y a las comunidades, sembrando la desconfianza entre vecinos.
-Crean enemigos imaginarios: Necesitan demonizar al musulmán que no piensa como ellos para justificar su propia existencia aislada.
-Alimentan la islamofobia: Al cometer ilegalidades bajo una falsa bandera religiosa, regalan argumentos a quienes buscan criminalizar a toda una fe, (creencia), arrastrando a la mayoría pacífica al barro de sus propios delitos.
El verdadero temor: El espejo del Islam auténtico.
El mayor peligro para éstos grupos radicales no es la policía; es el espejo. Su verdadero pánico es cruzarse con el Islam mayoritario, aquel que practican miles de millones de personas con honestidad, civismo y espiritualidad.
El creyente que practica de forma correcta el Islam, expone con su mera presencia, la falsedad de la secta. Mientras que el musulmán auténtico construye puentes y respeta la legalidad del lugar donde vive, la secta necesita destruir la convivencia para mantener su cuota de poder. Los grupos aislados retuercen el dogma porque saben qué, ante un debate teológico serio con practicantes formados, sus argumentos carecen de base.
El contraataque de la luz: Cómo el Islam abierto combate el sectarismo.
Desmantelar éstos guetos y detener la Fitna no es solo una tarea de las autoridades civiles; es una obligación moral de la propia comunidad islámica abierta y mayoritaria. Para evitar que las sectas sigan secuestrando el relato, la comunidad auténtica tiene que utilizar herramientas contundentes:
-Reclamar la narrativa pública: Visibilizar el día a día del musulmán integrado. El silencio de la mayoría cuerda no puede seguir cediendo el micrófono al ruido de la minoría radical.
-Transparencia institucional total: Las mezquitas y centros culturales deben operar con puertas abiertas a la sociedad. La luz del sol es el mejor desinfectante contra los secretos de pasillo.
-Educación crítica frente al dogma cerrado: Fomentar desde las familias un pensamiento crítico basado en las fuentes originales, enseñando que el aislamiento y el desprecio a la ley civil contradicen el civismo islámico tradicional.
-Denuncia firme y sin corporativismo: El verdadero creyente protege la justicia, no al delincuente. La comunidad abierta debe ser la primera en aislar y denunciar a los líderes que usen la fe (creencia) para cometer ilegalidades.
-Activismo y presencia vecinal: Participar en la vida social y cultural de los municipios destruye los muros del gueto, demostrando que la fe suma al bien común y no aísla.
-La luz evidencia la grieta: El musulmán que practica de forma correcta expone, con su mera existencia, la falsedad de la secta.
-El contraste delictivo: Mientras el creyente auténtico construye puentes en la sociedad, la secta destruye la convivencia para mantener su cuota de poder temporal.
-La manipulación teológica: Los grupos aislados retuercen el dogma porque saben qué, ante un debate teológico serio con ulemas y practicantes formados, sus argumentos son débiles porque carecen de base.
Resolución: Limpiar la panera.
Dejar los mendrugos encerrados solo genera moho y pudre el entorno. Permitir que grupos radicales se amparen en el sectarismo y utilicen la religión como mampara para sus delitos solo corrompe el tejido social.
La solución requiere valentía. Es hora de señalar que el gueto ideológico es el refugio de quienes temen tanto a la ley de los hombres como a la verdadera esencia espiritual que ellos dicen defender. Quien practica su fe con limpieza y rectitud no necesita esconderse en la oscuridad de ninguna panera.
Assalamo Aleikum.
NR. Liga Jurídica Islámica Internacional.