EL PÓRTICO MÁS BUSCADO.
Parte Tercera.
BASES CONCEPTUALES.
La cuestión del destino es una de las más antiguas que surgieron con la existencia de la humanidad. Desde que los humanos comenzaron a pensar, se cuestionaron el significado de lo que les sucedía; intentaron comprender si los eventos que experimentaban eran casuales o parte de un orden. Por lo tanto, el destino no es solo un concepto teológico; es también un problema psicológico y existencial. Conceptualmente, el destino a menudo se ha malinterpretado, tratándolo como una necesidad absoluta o como una creencia que debe negarse por completo. Sin embargo, el destino no se sitúa entre éstos dos extremos; se ubica en el eje de la conciencia, la medida y el significado.
La palabra «destino» tiene su origen en la idea de «medida». Medida no significa limitación, sinó equilibrio y orden. El orden que se observa en el funcionamiento del universo es la manifestación más simple del destino. El movimiento de los planetas, los ciclos de la naturaleza, el ritmo del cuerpo humano, todo opera según ésta medida. El mismo principio se aplica a la vida humana. El destino no es tampoco un guion preescrito y detallado de todo lo que le sucede a una persona; es la realización de la existencia dentro de ciertas leyes, límites y posibilidades. Una persona vive dentro de estos límites, pero el camino que elige dentro de ellos le pertenece. Por lo tanto, el destino no es un destino que elimina la libertad de movimiento, sinó un marco que la posibilita.
El concepto de "libre albedrío" cobra sentido al considerarlo junto con el destino. El libre albedrío es la capacidad de elección; sin embargo, ésta capacidad no es absoluta. Una persona no elige cuándo, dónde ni en qué familia nace; pero sí puede determinar en qué tipo de persona se convertirá dentro de esas circunstancias. Aquí, el destino representa las condiciones iniciales, mientras que el libre albedrío representa la inclinación hacia esas condiciones. Ésta relación es de complementariedad, no es de conflicto. El destino establece los cimientos; el libre albedrío se desarrolla sobre esos cimientos. A menudo, las personas intentan eludir la responsabilidad culpando al destino, o lo niegan, creyendo tener control sobre todo. Ambas actitudes alejan a las personas de la realidad. Una comprensión sana del destino comienza por aceptar que los seres humanos somos seres limitados y responsables.
El concepto de tiempo también ocupa un lugar central en la comprensión del destino. Para los humanos, el tiempo fluye; se fragmenta en pasado, presente y futuro. Sin embargo, el destino expresa un orden que trasciende ésta percepción fragmentada del tiempo. Los humanos no pueden cambiar lo que han vivido en el pasado, ni pueden conocer el futuro con exactitud. Pero el presente es el único escenario real donde los humanos interactúan con el destino. Cada elección, cada actitud, cada intención toma forma en éste momento. Por lo tanto, el destino no es la inmutabilidad del pasado ni es la incognoscibilidad del futuro, sinó las respuestas significativas que se dan en el presente. El destino se revela -no en los acontecimientos en sí mismos-, sinó en la conciencia ante esos acontecimientos.
Aquí es donde entra en juego el concepto de responsabilidad. El destino no exime a una persona de su responsabilidad; al contrario, la hace responsable. Si los seres humanos no tuvieran opciones, sería imposible hablar de moralidad, justicia y juicio. El destino no es una justificación que le quite la responsabilidad a una persona; es un fundamento que explica por qué la responsabilidad es posible. Una persona es responsable -no de todo lo que le sucede-, sinó de sus elecciones, intenciones y reacciones. Ésta es una distinción.
Cuando no se acepta el destino, éste se convierte en un peligro moral y el mal comienza a legitimarse. Sin embargo, una verdadera conciencia del destino no vuelve a la persona pasiva; la hace más atenta, más consciente y más responsable.
Conceptualmente, otra dimensión del destino es su relación con el significado. Los seres humanos no solo desean vivir; desean darle sentido a sus vidas. El destino es una de las capas más profundas de ésta búsqueda de significado. Quien cree -que lo que le sucede tiene sentido- establece una relación más auténtica con el sufrimiento y experimenta la alegría con mayor intensidad. Quien niega el destino, en cambio, atribuye todo al azar y se ve obligado a cargar con el peso de sus experiencias en soledad. La conciencia del destino no conduce a la pasividad, sinó a una aceptación significativa. Ésta aceptación no debe confundirse con la rendición. La rendición es una postura consciente; es un punto de inflexión, pero no es una renuncia.
En conclusión, el principio fundamental expuesto en éste artículo es el siguiente: el destino no es un guion que condiciona la vida de una persona; es una "medida" que le da sentido. La voluntad opera dentro de ésta medida, la responsabilidad adquiere significado a través de ella y el tiempo encuentra su ritmo gracias a ella. Quien comprende el destino correctamente no intenta controlarlo todo ni lo deja todo en manos del destino. Conoce su parte. Y éste estado de conocimiento es la relación más auténtica que se puede tener con el destino.
EL SIGNIFICADO Y EL ORIGEN DEL DESTINO.
La palabra «kader» (destino) proviene de la raíz árabe «qadara», que significa medir, determinar, equilibrar y ordenar. Por lo tanto, en el corazón del destino reside la idea de medida, no la del azar. El universo no es caótico; todo existe dentro de una proporción, un equilibrio y un orden específicos. El ciclo de las estaciones, el movimiento de los átomos, el ritmo entre el nacimiento y la muerte son diferentes manifestaciones de ésta medida. Los seres humanos no están fuera de éste orden, sinó en el centro del mismo. El destino expresa el camino que los humanos recorren dentro de éste sistema de medida.
En las primeras sociedades humanas, el concepto de destino surgió de un sentimiento de impotencia ante la naturaleza. Los truenos, las tormentas, los terremotos y la muerte se percibían como sucesos que escapaban al control humano, y se creía que existía una voluntad divina detrás de ellos. En Mesopotamia, se creía que los dioses inscribían las líneas de la vida de las personas en tablillas de arcilla. En Egipto, el concepto de Ma'at representaba el principio de justicia y equilibrio en el universo. En la antigua Grecia, las diosas del destino hilaban y cortaban el hilo de la vida humana; ni siquiera los dioses podían interferir en éste orden. Éstas narrativas demuestran que el destino comenzó a percibirse no sólo como una ley cósmica, sinó también como un marco moral.
Con el advenimiento de las religiones monoteístas, el concepto del destino adquirió una nueva dimensión. En el judaísmo, el destino se consideraba el plan divino de Allah a lo largo de la historia. En el cristianismo, se estableció un equilibrio entre el conocimiento divino y el libre albedrío humano; la idea de que el Creador sabe, pero el hombre elige, cobró protagonismo. En el pensamiento islámico, el destino se considera el conocimiento eterno de Allah que lo abarca todo, mientras que el hombre es responsable de sus propias acciones. El Corán enfatiza que todo se crea según una medida, recordándonos que el equilibrio y la justicia son la esencia del destino. En la ciencia del Tasawwuf-sufismo, el destino se interpreta como la revelación del conocimiento a lo largo del tiempo; es decir, el destino es conocimiento divino que se hace visible a "medida" que se vive la vida.
"Creamos al hombre en la mejor de las formas".
La expresión "lo más bello" se refiere al ser humano, una creación en la que se evidencia la importancia que se le otorga y la manifestación de compasión y misericordia.
«Vuestro Señor dijo a los Ángeles: “Ciertamente crearé un ser humano del barro. Cuando lo haya terminado y haya insuflado en él Mi Espíritu, entonces postraos ante él.”»
La acción, la reverencia y el servicio son la esencia de la actividad humana en la Tierra. Sin duda, la compasión, la reverencia y el servicio hacen que el ser humano, como ser vivo, sea digno de veneración y respeto.
El hecho de que los humanos posean todos éstos órganos en sus cuerpos significa que no son meros seres vivos con una constitución física, sinó también seres con una dimensión espiritual. Su capacidad de moverse, compartir sus penas, alegrías y experiencias con los demás es otra característica que los distingue de otros seres vivos gracias a éste aspecto espiritual.
El universo es obra de Allah como Creador absoluto, y tiene una duración predeterminada. Los seres humanos, que habitan la Tierra y viven un tiempo específico dentro de un destino predeterminado -un tiempo llamado «nacimiento, juventud y muerte»-, también son creados por Allah. Las teorías sobre la evolución física de la humanidad y la culminación de éste proceso evolutivo son meras ideas ideológicas; carecen de valor científico y racional. Quizás tales teorías o ideas no sean más que expresiones morbosas adornadas con delirios. Por lo tanto, la humanidad no ha experimentado una evolución física tan grande. Por su propia naturaleza, un ser humano posee peso, anchura, altura, dos manos funcionales, dos pies que le permiten caminar, la capacidad de contemplar objetos y eventos, de comparar eventos y probar nuevas soluciones, y de razonar y comparar, produciendo soluciones basadas en las conclusiones extraídas de éstos razonamientos y comparaciones. Es un ser con conciencia y voluntad. Los seres humanos, al poseer conciencia y libre albedrío, son seres sociales que viven en sociedad y, como tales, tienen una mente y un conocimiento que les permite crear leyes. En éste sentido, son la especie más avanzada del mundo. Si bien poseen la voluntad de aplicar leyes, los humanos, mediante las medidas que toman, pueden aspirar a poseer lo infinito e ilimitado, pero también pueden desear obtener todas las formas de poder, riqueza y conocimiento que son relativas y limitadas; son finitas y efímeras, como las leyes que rigen la naturaleza.
Los humanos adquieren conocimiento investigando la totalidad de la existencia, el «universo», contemplando los fenómenos e interpretándolos dentro de un marco de reflexión profunda e integral. Por lo tanto, al intentar comprender el universo, los humanos utilizan su intelecto para discernir qué es beneficioso o perjudicial, comparando el beneficio y el daño. Ésta perfección fundamental de la percepción distingue la mente humana de la de otros seres vivos; es ésta capacidad de clasificar soluciones, dar nuevos significados a las cosas y utilizarlas según sea necesario. Ésta capacidad mental humana fundamental permite la creación de símbolos y el proceso de pensar a través de ellos. A diferencia de otros seres vivos, los humanos no se limitan a reaccionar a los estímulos ambientales siendo conscientes de su entorno; representan lo que perciben en su mente con símbolos, y una vez que el plano perceptivo desaparece, establecen diversas relaciones para llegar a nuevas conclusiones. También representan estas nuevas conclusiones en su mente con símbolos, y luego regresan al plano perceptivo concreto, intentando llevar a cabo sus acciones en el entorno. Pensar a través de símbolos -en un nivel abstracto de la mente- trasciende la mera percepción del entorno en términos de reacción a lo que sucede a nuestro alrededor. Una persona es consciente de ser consciente. Ésto significa qué, simultáneamente con la influencia de los estímulos ambientales, una persona no solo piensa, sinó que también es consciente de sus pensamientos y puede examinarlos en un nivel abstracto de la mente, del mismo modo que examinaría un objeto externo.
Él es el único ser que puede criticar y, si es necesario, abandonar lo que no considera correcto. Éste es el hecho de que el hombre es un ser con libre albedrío. El hombre es un ser libre a lo largo de la historia de su envío a la tierra y su relación con la vida. Ésta libertad que se le ha dado, amplia su ámbito de influencia, pero implica que también asuman responsabilidades. En otras palabras, la razón y el libre albedrío que se les han otorgado son también una expresión de la obligación de cumplir con esa responsabilidad. Por lo tanto, ésta libertad, y consecuentemente la responsabilidad, es la característica esencial que distingue a los seres humanos de los demás seres creados.
<Las cualidades otorgadas a los seres humanos, dotados de compasión y misericordia, como "la forma más bella" y "la más noble de las criaturas", realzan su superioridad como seres responsables y los distinguen de otros seres vivos.>
La capacidad intuitiva es la que facilita la interacción humana con los demás. En base a ésto, la razón y la comprensión que se le otorgan hacen necesaria la existencia de una creencia. Por lo tanto, debido a ésta característica, los seres humanos poseen tanto un intelecto legislador como una creencia. La influencia de sus pensamientos y acciones reside en su creencia. Es precisamente porque posee una creencia y un ideal qué, de acuerdo con la moralidad, la compasión y la empatía, se hace necesaria la vida familiar. Su disposición a afrontar la muerte en defensa y protección de sí mismo, de su familia, de la sociedad en la que nació y creció, y de su tierra, es la esencia de su responsabilidad moral. Tras tomar todas las medidas defensivas necesarias, luchará, si es preciso, con la máxima fuerza por esta causa. La guerra es para la defensa o recuperación de un derecho usurpado. Ésta lucha demuestra que es un ser con ideales.
Lo que sustenta la vida y le da sentido es la creencia que posee una persona y el poder inherente de la fe que demuestra lealtad a esa creencia. En otras palabras, otra característica que distingue a los humanos de otros seres es su fe y un ideal que dicta la continuidad del predominio de esa fe en la vida. Es la persona ideal para aconsejar sobre cómo continuar con éste ideal de fe, o ideal, que el hombre posee, lo lleva a rendirse a su Creador o, al perseguir ilusiones basadas en la lujuria y la enemistad, se transforma en rebelión. Cuando se alcanza una comprensión correcta de las formas de existencia del universo, el mundo de los objetos, los fenómenos y los niveles interrelacionados del ser, la relación entre Allah y el universo se vuelve cierta. La realidad observada en el ámbito de la existencia se percibe como todo en su lugar y moviéndose dentro de un orden y un sistema determinados, en un todo y, por lo tanto, interconectado. Por consiguiente, el hombre, debido a la capacidad de razonamiento que se le ha otorgado, o bien acepta al Creador absoluto de éste universo, que no surge espontáneamente del caos hacia el orden cósmico ni deja el orden en el que vive al control y determinismo de las leyes que él mismo se ha impuesto, y se somete a Él, o bien lo niega y se rebela, y acepta el castigo determinado como consecuencia de su negación y rebelión.
<Después de que Allah creó cada cosa, también creó sus capacidades de acuerdo con su esencia. No hay desarmonía en la creación de Allah.>
No hay desarmonía en la creación de Allah; al contrario, hay una gran maestría en ella. De hecho, al contemplar el cielo, todos los cuerpos celestes existen dentro de un orden, siguiendo un patrón predeterminado. Algunos, como el sol, emiten luz.. y otros viven en un orden establecido. Innumerables cuerpos celestes, algunos de los cuales son fuente de luz como el sol, y otros iluminados por otros como la luna, flotan cada uno sobre su propio eje y punto focal; ninguno está en reposo, sinó que están en movimiento y giran alrededor de un eje. Nadie los sostiene, todos continúan su camino en el vacío del espacio de manera ordenada y regular para completar la vida que les ha sido asignada.
<Ningún ser posee conocimiento sobre sí mismo antes de su creación, ni tiene derecho a tomar decisiones sobre su propia esencia.>
Y no posee el conocimiento total de la creación. Si el mono hubiera poseído el conocimiento de la creación de antemano, ciertamente no se habría creado a sí mismo como mono por su propia voluntad. Ésto es cierto para todos los seres vivos y no vivos. Cada uno de los cuerpos celestes no permanece inactivo ni se mueve en una dirección diferente ni siquiera por un segundo, cumpliendo su deber y el movimiento requerido por el mandato divino. Todos se mueven y fluyen en sus propias órbitas según su propio programa y orden. Viajan hacia un objetivo determinado dentro del tiempo sin perderse y se mueven sin colisionar entre sí. Pero éste período no es infinito, sinó sólo por un tiempo determinado. Porque así como un ser humano tiene una vida predeterminada -y la vive dentro de un período determinado-, también los demás seres tienen una vida predeterminada.
Sin duda, el campo gravitatorio de la Tierra abarca la Luna, el campo gravitatorio del Sol abarca la Tierra y otros cuerpos celestes.. Su situación, o mejor dicho, su posición y el origen de sus acciones, no están sujetos a su propia voluntad. Todos actúan según el destino divino.
Ningún ser puede crearse a sí mismo de la nada pensando en sus propias características. Es decir, el "ser" no surgió espontáneamente de la "nada" con todas sus características. Debe haber una razón para poder "existir" a partir de la "nada". Basándonos en la regla de que "existía un 'existente' antes de todo lo que llegó a 'existir' y, por lo tanto, todo ser se encuentra dentro de la creación y la esfera de influencia de esa 'existencia'", la nada no puede ser la creadora de la existencia; la existencia no proviene de la nada. (Rien ne vient du rien).. Es decir, las cosas que surgieron de la nada no surgieron de esa nada por sí mismas, sinó necesariamente a través del poder creativo de un Creador existente.
Basándonos en ésta sencilla regla lógica, todo el ámbito de la existencia necesita un Creador absoluto que sea su propia existencia y su obra. El Creador es Allah.
No existe un ser humano autosuficiente. Todo es creado por Allah y está destinado a existir dentro de un tiempo y espacio predeterminados. El camino de la vida es el que le ha sido trazado. En éste camino, solo los seres humanos pueden desarrollar nuevos métodos para mejorar su vida, posponer o modificar acontecimientos y poner en práctica sus conocimientos. En otras palabras: O bien continúan con sus ideas y planes de acción previos, o bien intentan perfeccionarlos con nuevas incorporaciones. Explicar ésta capacidad de cambio o transformación en los seres humanos, como se observa en otros seres vivos, mediante un instinto natural programado, solo puede ser fruto de ciertos delirios ideológicos.
La Luna no tiene la voluntad de determinar ni asignar su distancia de la Tierra y del Sol a una distancia menor o mayor que el kilómetro predeterminado, y éste es un destino que se aplica también a todos los demás planetas. Millones de cúmulos estelares e incontables estrellas cuya luz aún no ha llegado a la Tierra o cuya luz llegará después de millones de años no tienen la voluntad de cambiar sus campos esféricos ni los campos de movimiento que les han sido asignados, ni de utilizarlos en un entorno diferente. Por lo tanto, no tienen la capacidad de calcular ni adaptarse a la velocidad de la luz. En consecuencia, el hecho de que todo en el universo continúe moviéndose dentro del campo que le ha sido asignado, de acuerdo con el mandato que se le ha dado, es obra de un Creador absoluto. Ésta es la obra de un Creador Supremo cuya existencia es inherente y que no necesita la creación de otro ser. Cada creación vive un destino según el mandato que le ha sido asignado.
No hay ser que Allah no haya creado. Cuando Él quiere crear algo, solo dice "Sé" e inmediatamente llega a existir. Allah está en un estado de creación en todo momento.
Si interpretamos éste decreto de la creación desde una perspectiva más detallada e integral, no existe ningún ser que Allah no haya creado, ni ser que se atreva a desviarse del ámbito que Allah le ha asignado, sin someterse a Su voluntad. En otras palabras, el universo entero, en cuanto a su creación y la armonía de la misma, se encuentra dentro de la Voluntad de Allah y en un estado de sumisión predestinada; está bajo el control de la voluntad universal, y éste control es constante. Por lo tanto, el universo entero, con sus grados y niveles interconectados, se mueven de acuerdo con su propósito original, viviendo su camino y tiempo predestinados -su destino- de manera ordenada y sistemática; ésto es una expresión de su sujeción a un orden moral.
Todas las religiones humanas y celestiales, tradiciones y enseñanzas antiguas, se centran en el ser humano y lo enfatizan; retratan una determinada imagen del ser humano. Según las religiones celestiales -cuyo fundamento es la revelación-, el significado expresado por éste perfil es que el ser humano es autoexistente, increado, no nacido e inengendrado, y ningún ser es igual o similar a Él. Todo ser es creado por el Creador absoluto Allah y enviado a la tierra con un propósito.
El Creador no necesita otra forma ni ayudante que le sirva de modelo al dar forma al hombre. Allah dijo: «Sé», y todo ser llegó a existir con la forma y el contenido ordenados. No hay desarmonía en la creación del universo.
Y lo hizo responsable de una tarea en la tierra.
La esencia del deber del hombre para con Allah es poner todo en orden y ser el fideicomisario de Allah, es decir, Su “califa”, en la tierra. En éste sentido, el hombre tiene dignidad. Aunque es un ser vivo como los demás, posee un conjunto único de características, a diferencia de los demás seres vivos.. aunque comparten similitudes en cuanto a alimentación, bebida, vivienda y reproducción, son seres inteligentes que establecen comparaciones entre cosas y eventos, y qué, con su intelecto, inteligencia y voluntad, producen y desarrollan nuevos modelos de solución para el pasado y el futuro. Así, como «vicerregente» de Allah en la tierra, cada tipo existente posee el mismo grado de honor y valor superior, con sus capacidades únicas. No existe superioridad de blanco sobre negro, ni de negro sobre blanco. La superioridad reside en la sumisión y la lealtad a Su Creador.
Si los humanos fueran seres sin propósito, que sólo actuaran para sobrevivir, seguramente no se diferenciarían de las demás criaturas salvajes que vemos en los documentales. El bienestar material y las medidas de seguridad para mantenerlo, la búsqueda de la felicidad, el amor basado en la verdad y dedicado a establecer la justicia, la salud, la disciplina, el entusiasmo por el trabajo, la lucha por la libertad por la que uno estaría dispuesto a gastar toda su riqueza, y el sentido de responsabilidad hacia la sociedad -ideales que unen a la humanidad en torno a un eje humano central- carecerían de significado o valor. El Apocalipsis, que ilumina el horizonte intelectual de la humanidad con estándares inmutables, afirma que los humanos, a diferencia de otros seres, son creación de Allah. Allah no necesitó otro modelo al crear a los humanos. El conocimiento de Allah no tiene límites. Él posee conocimiento infinito. Es Allah quien le da al hombre ésta forma, éste formato, por así decirlo, y le otorga moderación. Por lo tanto, el hombre, en su estructura física, en la forma y el funcionamiento de sus órganos internos, y en la manera en que estos interactúan entre sí, está sujeto a la ley establecida por Allah.
Hemos intentado expresar en los párrafos anteriores, al analizar a un ser humano, no basta con considerarlo simplemente como una entidad material, con su anchura, altura, dos ojos que le permiten ver, dos orejas que facilitan su audición, dos brazos que utiliza para trabajar y unas piernas y pies lo suficientemente fuertes como para permitirle caminar y recorrer distancias. Al mismo tiempo, también debemos considerar al ser humano como un ser tanto material como espiritual.
Otra característica innegable es que es un microcosmos perfecto en sí mismo. Además, es miembro de una sociedad en la que satisface algunas de sus necesidades y desarrolla algunos aspectos de su existencia. En efecto, el hombre es el ser más bello creado por Allah, con su belleza exterior e interior, su apariencia y su magnífica formación; con lo que lleva en su cabeza, con lo que posee en su pecho, con lo que contiene en su abdomen, con lo que oculta en sus partes íntimas, con lo que sostiene en sus manos, con lo que lleva en sus pies. Por lo tanto, según algunos filósofos, el hombre es un microcosmos, porque el hombre ha reunido todo lo que existe en el universo en su propia esencia. Porque tal belleza es solo para el hombre.
<Por supuesto, hay belleza en todos los seres creados, pero no hay otro ser con una belleza tan vasta y multifacética como el ser humano.>
Dijimos que el hombre posee principalmente una mente con carácter divino. Porque el hombre tiene la capacidad de pensar y de implementar sus pensamientos en el plano material a través de sus palabras u otras actividades. Es dueño de una mente que diseña y da forma a la materia dentro de su propio mundo de pensamiento. Llamamos mente a la capacidad del hombre de pensar, de conocer, de dar sentido, de determinar y controlar sus propias acciones y las de los demás, o de distinguir entre el bien y el mal en términos de razonamiento o comprensión. Ésto también puede definirse como la capacidad de captar las conexiones lógicas de ciertos juicios con otros juicios; de encontrar las leyes que guían y regulan los eventos y, por lo tanto, hacer previsiones sobre el futuro o los posibles eventos que ocurrirán en el futuro. A veces ésta mente puede oscurecerse, y a veces puede llevar a la persona a cuestionar su origen.
Posee también una sensibilidad que le permite ayudar. Gracias a estas habilidades únicas, no existe otro ser en la Tierra capaz de enamorarse o convertirse en una entidad despiadada y destructiva, impulsada por el odio, además de ser codiciosa y negar el derecho a la vida a cualquier otro ser que no sea ella misma, y al mismo tiempo poseer sentimientos y cualidades de compasión y misericordia.
Si existe una entidad llamada alma, entonces también existe una entidad llamada humanidad. Porque los humanos también son seres morales. Así como los humanos tienen una dimensión espiritual, también tienen una dimensión moral, y es ésta dimensión moral la que los distingue de otros seres vivos. Sin ésta cualidad moral, los humanos no se diferencian de los demás seres y carecen de sentido. Los animales también comen, beben y entran en épocas de reproducción para perpetuar su especie. Una de las características que distingue a los humanos de los animales es su naturaleza moral.
Si dijéramos que la historia humana, por su naturaleza como ser inteligente, es una historia de comparación, investigación y resolución de problemas, ciertamente no sería una exageración. El deseo humano de comenzar cada nuevo día con un enfoque diferente, más seguro y decidido; la voluntad, la ambición y la esperanza de un futuro mejor; la fortaleza de la perseverancia ante las dificultades y la constancia de esa perseverancia son, sin duda, claras manifestaciones de las capacidades innatas del ser humano. De hecho, lo que hace a los humanos superiores, creativos y, por lo tanto, los distingue de otros seres, es su capacidad de intervención y su superior capacidad para imponer sanciones. Es ésta cualidad y capacidad evidentes lo que nos hace humanos.
Desde el momento en que una persona abre los ojos al mundo, percibe que todo está en movimiento y sabe que posee un conocimiento inherente a ésta existencia dinámica. Lo más destacable es que los seres humanos son conscientes de poseer conocimiento sobre la materia. Éste conocimiento es inherente a su naturaleza.
<Ésta información es también una de las razones que fortalece la autoconfianza de una persona y su control sobre las cosas.>
La razón es uno de los dones más preciados otorgados a la humanidad. Es a través de ella que los seres humanos se distinguen de otros seres y comprenden su superioridad. Por lo tanto, mediante la razón, interpretan los acontecimientos internos y externos, y al adoptar las actitudes adecuadas, comienzan a encontrar su camino y a posicionarse. Con la razón y la sensibilidad perceptiva, que les han sido dadas como facultades de comprensión, los seres humanos comprenden que la primera ley de la materia es el movimiento. Aunque a primera vista no conozcan los átomos o los electrones, su conocimiento previo y su comprensión del movimiento constante de la materia revelan otro aspecto de su lado intelectual y espiritual, como se mencionó anteriormente. Los seres humanos son conscientes de éste orden. El sistema solar, con todos sus satélites, los innumerables cúmulos estelares cuya luz solo llegará a nuestro mundo después de millones de años, y por ende, todo el universo, lo cual no deja lugar a dudas, se encuentran en constante movimiento dentro de un marco ordenado. Los seres humanos perciben y reconocen éste orden, y también le dan nombre. Cuando consideran cuidadosamente la compleja red de eventos llamada "el universo", se encuentran ante una visión general que abarca una vasta extensión de espacio y numerosos cuerpos celestes. En éste magnífico paisaje, el hecho de que los cuerpos celestes se hayan separado unos de otros, adquiriendo características diferentes, y que la Tierra en la que vivimos también se haya separado de ellos, es una de las capacidades de investigación más destacadas que distingue a los humanos de otros seres. Porque los humanos han sido humanos desde el principio de la creación y no han evolucionado a partir de otro ser con el tiempo para llegar a serlo. Por lo tanto, la religión, el lenguaje y la capacidad de coexistencia es una expresión de éste comienzo.
Si bien abordamos la dimensión física del ser humano, mencionando brevemente con las distintas funciones de sus extremidades, nuestro objetivo no es examinar su estructura anatómica. Por lo tanto, los principios que incluiremos en éste marco distan mucho de cumplir ese propósito. Aunque el tema que aquí tratamos es el ser humano, comprender al ser humano que precedió a la vida social dificultará la comprensión de las capacidades «ilustradas e intelectuales» que también estamos analizando. En base a ésto, podemos afirmar que los seres humanos son inherentemente civilizados. Son seres sociales que incluyen la convivencia entre sus objetivos. Al convivir, poseen la capacidad de compartir un destino común, basada en la comprensión de que los problemas se superarán mediante la ayuda mutua y la cooperación. Ésta capacidad resalta su habilidad para cuestionar, comparar y ejercer su derecho a rechazar o aceptar al realizar dichas comparaciones. En éste sentido, los seres humanos son seres inquisitivos.
Assalamo Aleikum.
CONTINÚA EN PARTE CUARTA.