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viernes, 3 de abril de 2026

LOS PASOS SON TAMBIÉN PARA EL ALMA.

LOS PASOS SON TAMBIÉN PARA EL ALMA.
Los obstáculos derivados de la unión del alma con el cuerpo pueden perdurar a lo largo de nuestra vida e incluso persistir después de la muerte, en la medida en que dependen -no solo de ésta unión-, sinó también de una voluntad resistente a todo progreso. En éste caso, sentiremos los tormentos de la privación de éste bien o el fuego de la condenación, cuyo dolor supera al del fuego físico. El fracaso del alma que proviene de su incapacidad para desarrollar su perfección, y que es causado por la unión con el cuerpo o por accidentes imprevistos, (cesará después de la muerte), puesto que entonces no tiene razón de ser, y el sufrimiento resultante no perdurará. Por el contrario, sólo sufrirá el alma qué, habiendo sentido el deseo de perfeccionamiento y habiéndose despertado mediante el estudio y el esfuerzo, permanezca negligente, obstinada o resistente a la verdad que le ha sido revelada. En cualquier caso, la negligencia inconsciente está más cerca de la salvación que un intelecto mal utilizado y depravado. Las almas puras, por el contrario, llenas del deseo de su perfección, entrarán en la bienaventuranza y el gozo del mundo celestial del que tuvieron una leve premonición durante sus vidas; despertadas por la advertencia celestial, experimentarán una emoción de gozo mezclada con tristeza que las conducirá a la perfecta realización de su ardiente deseo; mientras que las almas débiles y empobrecidas disfrutarán de un grado de bienaventuranza (acorde con su condición intelectual), y tal vez una vez más se vean cargadas con un tipo de cuerpo acorde con su imaginación, en el cual se desarrollarán hasta alcanzar la perfección de las almas elegidas. Sin embargo, hay que tener cuidado de no suponer la posibilidad de una transmigración de almas a los cuerpos de animales, lo cual sería absurdo; pues ésto implicaría necesariamente dotar al cuerpo animal de dos almas, una adherida al cuerpo desde su nacimiento, (y por la cual es gobernado), y la otra proveniente de un hombre fallecido; Además, todo lo perecedero no podía estar dotado de existencia real, ni el número de cuerpos podía ser igual al número de almas que habían abandonado sus cuerpos, ni varias almas podían habitar en un solo cuerpo, yá fuera en armonía o en discordia mutua; todo ésto lo hemos explicado en un artículo del blog.

Acabamos de demostrar que existen varios tipos de almas, destinadas a distintos grados de bienaventuranza, señalaremos además que las sustancias intelectuales son igualmente muy diferentes en lo que respecta al goce contemplativo. El grado más elevado de contemplación pertenece sólo a Allah.
Otro grado que corresponde a la contemplación de sustancias puras y celestiales. En perfecta posesión del objeto de su amor, contemplan simultáneamente el ser único y su propia esencia, sin estar sujetas a ninguno de los deseos subsiguientes que aparecen únicamente en las especies inferiores de almas pertenecientes a cuerpos celestiales y humanos. Éstas almas alternan entre la contemplación de la porción divina (que les ha sido asignada) y el ardiente deseo de obtener el resto mediante la gracia de Allah. Los grados inferiores están ocupados por almas carnales y mundanas. Flotando entre el cielo y la tierra o perdidas en la oscuridad, ocuparán, (tras la muerte), los lugares que corresponden a las tendencias espirituales o materiales que las dominaron en éste mundo. Llegaremos, pues, a ésta conclusión final: que el amor, qué, como hemos explicado extensamente en varios artículos sobre el amor, penetra en las sustancias puras y celestiales, está asimismo relacionado con los deseos o la tibieza de las almas inferiores y mundanas, dotadas por la gracia divina de una aspiración acorde a la perfección de su esencia y con la aspiración que su voluntad pueda secundar.

LAS DIVERSAS ETAPAS DE LA CONTEMPLACIÓN.
A través de la dicha celestial (que surge de la contemplación) de Allah y su ser. Vamos a examinar las diversas etapas que conducen al hombre en ésta vida hacia ésta meta sublime. Existe un tratado de Fakhr al-Din al-Razi (m. 606 AH), que es parte del primer intento de describir la vida contemplativa de los seguidores del sufismo en las regiones orientales, que no ha sido superado por ninguno de sus sucesores. Dada la importancia y vinculación con el tema, Fakhr al-Din al-Razi comienza su capítulo con palabras místicas dirigidas a sus lectores, que tenemos ocasión de citar y explicar.
«Y si te ha impactado el relato de Salamán y Absal, te convencerás de que Salamán representa la razón ordinaria de la vida humana, y que Absal indica la especulación divina, iluminada por Allah, si en verdad perteneces a los confesores de la verdad. Prepárate, pues, para la solución de éste problema, si tienes la fuerza para ello.»

Normalmente distinguimos tres tipos de hombres en la vida terrenal: el celoso (en árabe: ez-zákid), que renuncia a todo contacto con el mundo; el observador riguroso del culto externo, o el adorador de Allah (en árabe: el-abid); y finalmente, el conocedor íntimo de Allah, o aquel que aplica toda su atención al tratar de penetrar en el reino de Allah y extraer de él la luz celestial (en árabe: el-árif). Mientras que los dos primeros grados, separados del último, nos ofrecen sólo una especie de comercio donde se busca obtener en la vida futura la recompensa de las obras realizadas en la vida terrenal, el último tiene como objetivo dominar las fuerzas sensibles e imaginativas del hombre para alejarlo de toda la vanidad mundana y conducirlo a la verdad y/a Allah. Entonces, su ser interior será accesible a la inspiración e iluminación divinas, de modo que adquirirá gradualmente la capacidad de elevarse, cuando su alma lo ordene, hacia la luz divina sin ser perturbado por pensamientos mundanos; finalmente, todo en él pertenecerá al ámbito de la santificación.
Pero, para justificar ésta clasificación de los hombres, primero debemos explicar lo siguiente: el ser humano sólo puede desarrollarse en una sociedad donde cada persona se responsabiliza de proveer a los demás de las necesidades básicas para la vida, como alimentos y vestimenta; y ésta sociedad necesita estar respaldada por leyes. Sin embargo, las leyes específicas nunca son suficientes para abarcar todos los casos particulares.

En un número infinito de personas, se necesita un principio común que guíe al conjunto; ésta es la fuente que llamamos Ley Divina o revelación de Allah (Shari'a). Ésto, a su vez, presupone la existencia de un legislador, investido con la autoridad divina necesaria para exigir obediencia, pues la autoridad le es conferida mediante dones especiales que superan las capacidades humanas ordinarias. Éste legislador, dotado del poder de la palabra y la acción, es el Profeta, (s.a.w.s.). Pero las masas ignorantes y débiles, que anteponen sus fines egoístas al bien común y se oponen a ésta ley, necesitan ser advertidas continuamente del castigo que les espera en la otra vida según las enseñanzas de la ley revelada; éstas advertencias se les dan a través de las prácticas de culto externo, por ejemplo, la oración prescrita a intervalos regulares, el ayuno, etc. Por lo tanto, es el Profeta PyB quien tiene la misión de recordar al pueblo la unidad de Allah, su santidad, la recompensa de la otra vida y la necesidad de observar el culto externo y obedecer los mandamientos de Allah. Todo ésto fue instituido desde la creación del universo por la providencia eterna; a quienes han obedecido los mandamientos de la ley, Allah les ha asegurado recompensa en éste mundo y en el venidero; además, a quienes han buscado penetrar en Su ser, les ha prometido la perfección alcanzada mediante la contemplación de Su esencia divina. Admira, pues, primero la sabiduría divina que estableció el orden del universo, luego Su gracia que distribuye abundantes recompensas a Sus adoradores, y finalmente Su bondad infinita que concede la dicha eterna de la contemplación divina a quienes lo conocen en Espíritu. Sólo es verdadero adorador de Allah (al-arif) aquel que no conoce otro objeto de adoración que el Ser Divino, y que no se mueve ni por la esperanza de recompensas ni por el temor al castigo; de lo contrario, éstos motivos prevalecerían y Allah sería un objetivo secundario. Quienes observan las leyes del culto externo y los fieles celosos, incluso si renunciaran a todos los placeres mundanos y tuvieran un objetivo distinto al de Allah, serían, sin embargo, dignos de compasión en cierto modo, puesto que la contemplación pura del Absoluto les está prohibida, y su aspiración a conocer al Ser Supremo siempre está mezclada con los deseos mundanos; su relación con aquellos iniciados por Allah es, más o menos, la de jóvenes con hombres maduros. Quienes rechazan todo deseo de superación personal y se contentan con los placeres mundanos se asombran ante hombres serios y graves con principios totalmente contrarios, y, ciegos a la belleza divina, extienden sus manos tras toda clase de deleite mundano; incluso si, a veces, renuncian al mundo, es escasamente y, a lo sumo, con la esperanza de obtener placeres de naturaleza igualmente vil después de la muerte. Toda elevación del espíritu hacia Allah les está prohibida, mientras que sólo el hombre dotado de aspiración sagrada conoce el verdadero gozo, y, dirigiendo siempre su mirada hacia arriba, Allah tiene compasión de ésta pobre criatura descarriada, incluso si hubiera obtenido la recompensa plena reservada por la ley para una vida intachable y ordenada.

La primera etapa del verdadero adorador de Allah se llama voluntad. Mediante ella, quien está convencido de la verdad suprema, yá sea por pruebas evidentes o por fe en la autoridad, sabe cómo dominar su alma, dirigiéndola hacia Allah para alcanzar la unión íntima con Él; la persona que ocupa ésta etapa se llama "Murid". La segunda etapa se alcanza mediante una preparación del alma destinada a eliminar los obstáculos externos que le impiden seguir el camino de la santificación y purificarse de toda impresión sensual, haciéndola finalmente susceptible a la perfección obrada por la gracia divina. Ésta preparación se realiza de diversas maneras: mediante la abstinencia, mediante el solaz y acompañada de palabras de advertencia suaves y persuasivas, que emanan de una convicción pura y firme; finalmente, la tercera busca liberar el pensamiento de toda restricción corporal y devolverlo por completo al amor espiritual, que busca penetrar la esencia del amado, muy distinta del amor sensual, fuente de perdición. El iniciado, habiendo alcanzado éste grado mediante la fuerza de voluntad y éste método de trabajo interior, se vuelve capaz de recibir, de vez en cuando, destellos de luz divina, que, según su receptividad, se vuelven cada vez más frecuentes. Éste tercer estado se denomina, técnicamente, «tiempo», según las palabras del Profeta PyB: «A veces experimento un tiempo de intimidad con Allah, donde nadie, ni ángel querubínico ni profeta enviado desde lo alto, puede prevalecer sobre mí». Cuanto más se adentran en éste estado, más capaces se vuelven de recibir iluminaciones divinas incluso sin preparación previa; abandonando la visión material de los objetos, contemplan en todas partes la imagen de Allah; éste es el cuarto estado. Sin embargo, puede dejarse llevar por sus propias visiones y parecer a quienes lo rodean abrumado por la ansiedad y el temblor corporal, que, no obstante, cesará al entrar en el quinto estado, poco a poco y por costumbre. Entonces su condición se transformará en una tranquilidad perfecta y dará paso al sexto estado, llamado en árabe «Sakina». El destello instantáneo se transformará en una llama iluminadora, su intimidad con Allah se estabilizará, el resplandor divino lo deleitará y el cese del éxtasis lo afligirá. Luego, habiendo llegado al séptimo estado, a la contemplación de la verdad o de Allah, es llevado fuera de sí mismo y, aunque se le ve ante sí, su ser es como si estuviera ausente. Luego, habiendo alcanzado el octavo estado, su condición se vuelve fácil y familiar para él, y depende de su voluntad provocarla, ascender de éste mundo imaginario y falso a la morada de la verdad o de Allah. Tras superar ésta etapa, su estado yá no depende de su voluntad, sinó que, al contemplar los objetos mundanos, sólo ve a Allah; su contemplación se vuelve estable y continua, y se encuentra en la novena etapa, de la cual pasará a la décima. Entonces, su alma se convertirá en el espejo de la divinidad, el reino eterno se reflejará en ella, y las alegrías celestiales fluirán sobre él. Al contemplar su propia alma, contempla a Allah allí, y se encuentra, (por así decirlo), moviéndose perpetuamente de un punto a otro. Finalmente, llegará a la última etapa, la undécima, o contemplación permanente; es allí donde perderá el conocimiento de su propio ser y yá no tendrá consideración por su alma salvo en la medida en que ésta contemple a Allah en completa identidad, y yá no sea para él un objeto ajeno, iluminado sólo de vez en cuando por la luz divina.. Habrá alcanzado entonces la completa unión con Allah).

Así pues, tenemos tres etapas esenciales en el desarrollo del iniciado, que carecen de valor intrínseco, pero son necesarias para guiarlo hacia el grado final: de la unificación completa. La primera, alcanzada mediante la voluntad de emprender el camino de la santificación con la ayuda de la ciencia o la fe, es meramente una abstracción del alma hacia lo absoluto; la segunda, lograda mediante el ascetismo y otros medios externos para someter al alma resistente a la razón, se caracteriza por la impotencia. La tercera, el gozo que el alma experimenta por su santificación adquirida, si bien posee cierta realidad, no es más que un vagar del alma entre la autoconciencia y la conciencia de Allah, mientras que la absorción completa del alma en el Uno o Absoluto constituye la salvación suprema. Es necesario que el verdadero iniciado, tras comenzar con el conocimiento divino para discernir y rechazar todo lo que lo contradice, y perseverando en el abandono de su propia conciencia hasta su completa desaparición, penetre aún más en la totalidad de los atributos de Allah para asimilarlos a su propia alma y alcanzar la unidad absoluta y el quietismo en Allah. Por el contrario, mientras exista alguna diferencia entre el conocimiento y el objeto del conocimiento, no se alcanza la unidad ni la inmersión en Allah, sinó que se permanece en un estado de dualismo. Sin embargo, éste grado final de unificación [denominado técnicamente «Embellecimiento del Alma» y opuesto al mero despojamiento de todos los deseos mundanos] trasciende toda descripción y sólo puede revelarse mediante la imaginación; que quien desee conocerlo se una al grupo de iniciados que han alcanzado ésta meta suprema, pero que no se fíe en absoluto de las tradiciones que venden camisetas, libros o de los charlatanes que sólo buscan la cartera llena.

Después de analizar el desarrollo gradual del teósofo, diremos unas palabras al final sobre las cualidades que muestra en su trato con el mundo. Siempre es afable, y el hombre superior y de alto rango no le tiene más consideración que la persona inferior y humilde, pues está convencido de que el mundo entero, al no ser más que vanidad, es igual ante Allah. Aunque antes de su completa unificación no podía soportar la más mínima distracción de las cosas mundanas, habiendo alcanzado éste estado, es, por el contrario, inmune a toda perturbación, e incluso posee la fuerza suficiente para interesarse en ellas; sin embargo, evita interferir en lo que no le concierne, y no cede a la ira por las malas acciones. Más bien, considerando el misterio de Allah que está entrelazado con el destino, se compadece de las pobres criaturas y ofrece sus advertencias con paciencia. Incluso cuando ve abundante prosperidad, permanece en silencio respecto a aquellos que no son dignos de ella. Es valiente y no teme a la muerte; generoso, yá no abriga vanidades mundanas; Perdona fácilmente a los demás y no guarda rencor; su alma, preservada del pecado, se preocupa únicamente por Allah. Indiferente a las condiciones de la existencia, a veces prefiere la pobreza y la dureza de la vida, y su alma sugiere desprecio por todo excepto por Allah; otras veces, en relación con el mundo exterior, se aferra a la opulencia y los honores, considerándolos dones de la providencia y equiparándolos con el esplendor divino, la meta suprema de sus aspiraciones. Ésta variabilidad se encuentra en diferentes personas e incluso en el mismo individuo, dependiendo del entorno, el tiempo y las circunstancias. Atraído únicamente por el reino celestial, a veces puede parecer que evade las rigurosas exigencias de la ley terrenal; sin embargo, no es culpable, pues yá no es responsable de sus actos; la responsabilidad recae únicamente sobre aquel que se ha sometido a la ley tras comprenderla, o sobre aquel que se ha hecho culpable por descuidar su comprensión, habiendo perdido él mismo toda conciencia. En general, sin embargo, hay que reconocer que la verdad absoluta, o Allah, no es la fuente de todo lo que existe, ni se manifiesta por igual a todos, y que la revelación de la verdad se concede solo a los elegidos. Por lo tanto, la doctrina que acabamos de exponer aquí podría ser ridiculizada por los indiferentes, sirviendo a la vez como advertencia para los iniciados: si alguien siente aversión hacia ella, que examine su interior y vea si posee la receptividad necesaria. Para quien tiene una buena disposición, todo es fácil con la ayuda de Allah Todopoderoso. Alhamdulillah.

Assalamo Aleikum.