LAS TRES ENERGÍAS.
El rūḥ, el qalb y la fuerza del retorno según Ibn ‘Arabī, Al-Ghazzali y los sabios sufíes.
El ser humano, (en la concepción islámica clásica), no se agota en su cuerpo ni en su psique. Lleva dentro un secreto que no pertenece a la tierra: el rūḥ, el espíritu.
Aquí reunimos brevemente cómo Ibn ‘Arabī, Abū Ḥāmid Al-Ghazzali, Ibn ‘Āṭā’ Allāh al-Iskandarī y otros maestros entendieron qué es ese espíritu y qué fuerza ejerce en la vida concreta.
1. El espíritu como soplo divino.
El punto de partida es coránico y no admite ambigüedad:
>“Te preguntan sobre el espíritu. Di: El espíritu procede de la orden de mi Señor. Y no se os ha dado sino poco conocimiento”<
Éste texto no define el rūḥ por su composición, sinó por su origen: es amr, orden divina. Por eso los sufíes lo llaman sirr, el secreto. No puede ser objetivado porque no pertenece al mundo de los cuerpos medibles.
Ibn ‘Arabī desarrolla ésto en algunas páginas de Futūḥāt al-Makkīya:
“El espíritu en el hombre es el aliento de la Misericordia divina. Cuando Allah dijo: ‘soplé en él de Mi espíritu’, lo que se insufló no fue una parte de Allah, sinó un soplo que transmite vida y conocimiento inmediato”.
Para Ibn ‘Arabī, el rūḥ es el lugar del conocimiento por presencia [ma‘rifa], distinto del conocimiento adquirido. Es lo que en el ser humano nunca se separa de Allah, aunque la persona lo olvide.
2. La estructura tripartita: rūḥ, qalb, nafs..
Los maestros no hablan del espíritu en abstracto. Lo sitúan dentro de una anatomía interior.
A) Rūḥ – El espíritu.
Es la dimensión más elevada. No cae, no se corrompe, no olvida. Su función es conocer y amar. Ibn ‘Arabī lo describe como “el ojo que ve sin intermediario”.
B) Qalb – El corazón.
Tampoco es el órgano físico. Es el órgano de la percepción espiritual. El corazón es un espejo: si está pulido por el recuerdo de Allah [dhikr], refleja la Realidad; si se oxida con el olvido [ghafla], se nubla.
Al-Ghazzali lo explica en Iḥyā’ ‘Ulūm al-Dīn:
“El corazón es el rey, y los miembros son sus soldados. Si el rey está sano, el reino está sano; si el rey está enfermo, todo el reino se corrompe”.
C) Nafs – El alma-psique.
Es la parte que desea, teme, se enoja. Tiene grados: el alma incitadora al mal [nafs ammāra, Corán 12:53], el alma que se reprocha [lawwāma, Corán 75:2], y el alma en paz [nafs mutma’inna, Corán 89:27]. El trabajo espiritual consiste en que el rūḥ, a través del qalb, tiene que educar al nafs.
3. La fuerza que ejerce el espíritu.
El espíritu no mueve músculos directamente. Su fuerza es reguladora y unificadora. Se ve en cuatro acciones:
A. Fuerza de recuerdo [dhikr].
El espíritu empuja del ser humano hacia su origen. Ibn ‘Arabī escribe:
“El hombre es olvido por constitución, y el recuerdo es su retorno. Sin el recuerdo, el hombre se convierte en su sombra”.
Esa tensión constante impide que el ser humano se reduzca sólo a instinto y reacción.
B. Fuerza de liberación [ḥurriyyah].
El espíritu es libre porque no pertenece al mundo creado. Al-Junayd de Bagdad decía:
“La libertad es que no te posea nada fuera de Allah”.
Cuando el corazón se conecta con el rūḥ, la persona deja de ser esclava del miedo, la opinión ajena y el deseo inmediato.
C. Fuerza de transformación [tarbiyah].
El espíritu no suprime la nafs, la educa. Jalāl al-Dīn Rūmī lo expresa en el Mathnawī:
“El dolor es el cincel, el espíritu es el escultor. Lo que te duele te talla hasta que puedes contener la luz”.
Por eso la vía del Tasawwuf no es represión, sinó una inmensa transformación de los deseos.
D. Fuerza de amor [maḥabbah].
El espíritu es el lugar del amor divino. Rābi‘a al-‘Adawiyya lo vivió así: su amor no buscaba recompensa ni temía el castigo, buscaba a Allah por Allah mismo. Ese amor reordena la jerarquía interior: se ama lo que acerca y se deja aquello que aleja, sin violencia interna.
4. ¿Cómo se reconoce la acción del espíritu?
Ibn ‘Āṭā’ Allāh al-Iskandarī, en Al-Ḥikam al-‘Aṭā’iyya, da una prueba práctica:
“Si quieres saber el rango de tu espíritu, mira a qué se inclina tu corazón cuando no hay nadie mirando”.
El espíritu se manifiesta cuando:
- Actúas con generosidad sin esperar retorno.
- Sostienes la verdad aunque te cueste la reputación.
- Encuentras paz en el silencio, no solo en el ruido.
- El sufrimiento ajeno deja de ser indiferente.
Al-Ghazzali advierte que sin ésta dimensión el ser humano se vuelve “un animal racional”: inteligente, pero sin dirección.
5. Cuando el espíritu queda oculto.
El espíritu no desaparece, pero puede quedar cubierto. Al-Ghazzali compara el corazón cubierto por el olvido con un rey en su palacio al que nadie obedece: el rey está, pero el reino está en el caos.
Las capas que lo ocultan son tres, según Iḥyā’: el apego al mundo [ḥub al-dunyā], la obediencia al nafs, y la autosuficiencia [‘ujb]. La práctica espiritual no “crea” el espíritu, quita lo que lo cubre.
Ibn ‘Arabī es tajante en ésto:
“El velo no está entre tú y Allah. El velo eres tú entre tú y tú”.
6. Síntesis: el espíritu como centro de retorno.
Para Ibn ‘Arabī y los sabios musulmanes, el espíritu humano es:
1. Soplo divino: insuflado directamente, no derivado de la tierra.
2. Centro de conocimiento: conoce por presencia, no solo por argumento.
3. Fuerza unificadora: armoniza cuerpo, alma y mente bajo un propósito.
4. Motor de retorno: empuja del humano hacia su origen, incluso cuando él se resiste.
Su fuerza no es algo mágico. Es la que permite que un ser de barro pueda decir “no” a su impulso inmediato y decir “sí” a algo más grande. Sin esa fuerza, el ser humano es solo biología con lenguaje.
Por eso, en momentos límite, lo que sostiene no son los datos, sinó el recuerdo de un rostro, una promesa, un Nombre. El espíritu trabaja con símbolos, porque su patria no es de éste mundo.
Assalamo Aleikum.
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Fuentes mencionadas:
- Corán, 17:85; 32:9; 12:53; 75:2; 89:27.
- Ibn ‘Arabī, Futūḥāt al-Makkīya y Fusūs al-Ḥikam.
- Abū Ḥāmid Al-Ghazzali, Iḥyā’ ‘Ulūm al-Dīn.
- Ibn ‘Āṭā’ Allāh al-Iskandarī, Al-Ḥikam al-‘Aṭā’iyya.
- Jalāl al-Dīn Rūmī, Mathnawī Ma‘nawī.