LA VIRTUD HUMANA y LA VERDAD ÚLTIMA.
<Podemos entender, que un pacto, está dirigido -no solo a quienes desean gobernar según los principios de justicia-, sinó también para quienes, sin tener inicialmente intenciones corruptas, pueden terminar corrompidos -categoría qué, lastimosamente, incluye a la gran mayoría de la humanidad-.
Ésta reflexión es una cruda realidad que resuena desde el principio de cualquier pacto: se refiere al mal inherente de la humanidad cuando se la abandona a su suerte y se la priva de la misericordia divina. Éste realismo impregna el tono de la introducción. De ahí el énfasis en el cumplimiento de todos los parámetros con los deberes divinos, o las obligaciones religiosas que incumben a todo musulmán. El buen Shaykh y el Imam enfatiza en obedecer a Allah y priorizar la obediencia por encima de todo, y seguir lo que Allah ha ordenado en Su Libro: «Nadie encuentra la felicidad sinó mediante la obediencia, y nadie sufre sinó por su negación y negligencia».
Ésta introducción es un preludio, pero no se trata simplemente de un deber que hay que cumplir. La obediencia al mandato divino se concibe no solo como una obligación legal, sinó también como una liberación espiritual. La obediencia desempeña un papel crucial en la liberación de la tiranía del ego, y se alude inmediatamente después del llamado a la obediencia del siervo, pues el ego, en efecto, se inclina hacia el mal.. Excepto en aquellos de quienes Allah tiene misericordia. Ésta afirmación es casi idéntica a las palabras del profeta José PyB en el Corán:
"Y yo no digo que mi alma sea inocente pues es cierto que el alma ordena insistentemente el mal, excepto cuando mi Señor tiene misericordia. Es verdad que mi Señor es Perdonador y Compasivo." (Sura 12, [Yusuf] verso 53) y es de suma importancia para sentar las bases de los preceptos morales y la guía que todo creyente debe de seguir posteriormente. La relación fundamental que define la esencia espiritual del alma y su conducta moral es la que existe entre el alma humana y la misericordia divina. Sin ésta misericordia, el alma se inclina hacia el mal, pero es liberada de ésta inclinación inherente y guiada con la ayuda de Allah, retornando a su verdadera y eterna naturaleza, (a su disposición innata), a la que el Corán se refiere en el siguiente versículo: "Mantén tu rostro sin apartarlo de la Adoración primigenia, como hanif. La marca *original de Allah, con la que ha marcado a los hombres al crearlos. No se puede reemplazar la creación de Allah.
Esa es la forma de Adoración genuina, sin embargo la mayoría de los hombres no saben." (Sura 30 verso 29).
*[En árabe "fitra". Si bien "marca" no se traduce exactamente el término árabe, pero permite mantener la figura etimológica del texto entre las palabras "fitra" y "fatara", "marca" y "marcado". La etimología de fitra, expresa la primera hendidura, el inicio de algo. Su significado más preciso es la naturaleza innata del hombre, la particularidad con la que ha sido creado, su carácter genuino; gracias al cual reconoce a su Señor.]
El estado actual del alma caída, entonces, consiste en dar paso al estado ideal de la naturaleza humana *original, que es el origen y el fin de la condición humana, pero también la verdadera esencia de toda alma humana, y por lo tanto, en principio, siempre es accesible a todos, incluso si, -para la mayoría-, permanece oscurecida en la práctica por la naturaleza humana caída.
En la búsqueda por revivir ésta naturaleza eterna, se recurre a las funciones complementarias del intelecto humano y la revelación divina.
Como yá mencionamos muchas veces, Allah envió a la humanidad «a Sus mensajeros y profetas para recordarles el pacto de Su naturaleza, para recordarles Sus bendiciones olvidadas, para dialogar con ellos mediante el mensaje y para despertar en ellos los tesoros ocultos del intelecto».
Podemos conectar éstos tesoros ocultos de la mente con el conocimiento original otorgado por Allah y propio de la naturaleza humana. Todas las virtudes fundamentales fluyen espontáneamente y sin impedimento de ésta naturaleza humana esencial, en perfecta armonía con la naturaleza divina. Que también los tesoros de las buenas obras sean vuestros más preciados galardones, pero primero Allah por encima de todo.
La virtud, o benevolencia, es en efecto «el tesoro más preciado para quien revierte las inclinaciones naturales del alma egoísta y establece una orientación trascendente hacia lo más profundo de su propia naturaleza y, sobre esa misma base, hacia la verdad divina que proporciona los fundamentos ontológicos de toda forma de virtud auténtica. La verdad no solo es el fundamento más profundo de la virtud, sinó la verdadera esencia de toda cualidad positiva y, en esencia, de todo ser individual existente».
(Por Su grandeza que lo llena todo.. Por Sus nombres que llenan los cimientos de todas las cosas.. Por Su conocimiento que lo abarca todo.. Por todas las cosas.. Por la luz que iluminó todas esas cosas.)
Desde ésta perspectiva, toda virtud puede ser vista como un reflejo humano de un atributo divino, un atributo que apunta a un "Nombre" divino. De ahí que en la tradición de la benevolencia se encuentre lo que se denomina: el tema fundamental que adopta un carácter divino.
La relación entre la virtud humana y la verdad divina es un aspecto esencial e indispensable desde ésta perspectiva. Por un lado, en términos subjetivos, la práctica de la virtud atrae el atributo divino distintivo y correspondiente. Por otro lado, en términos objetivos, el atributo divino distintivo se considera la fuente y la esencia misma de todas las virtudes humanas, de acuerdo con el verdadero monoteísmo. Ésto significa qué: todo atributo positivo y distintivo pertenece, tanto en sí mismo como en su manifestación, a Allah, el Único que no tiene socio, en términos teológicos, ni igual, en términos ontológicos. Ésta representación ascética del principio del monoteísmo se encuentra poderosamente encapsulada en los versículos coránicos: «Y no lanzasteis cuando lanzasteis, sino que fue Allah quien lanzó» (Pero no basta con que una persona se someta a Allah para ser virtuosa; también debe participar y empatizar con las cualidades que Allah desea que posea.) Su esfuerzo por hacerlo se fortalece con la medida en que comprende éstas cualidades divinas mediante la introspección y la comprensión existencial, en lugar de sólo mediante la razón y la teoría. También debe destacarse la conexión entre los procesos intelectuales y la humildad. La comprensión intelectual de las cualidades divinas produce humildad. Del mismo modo, que el desarrollo del alma desplaza el foco del ego a esa verdad suprema como fuente de todas las virtudes y verdades.
Conviene pues, que profundicemos un poco en el concepto del alma que ordena el mal, y en la historia coránica de José en la que surgió éste concepto, porque se debe de adquirir conocimiento de éste contexto que clasificó el pacto, y que claramente tiene que permanecer en la mente y más en el corazón de cualquier persona que siga éste pacto relacionado con la gestión y el control.
José describe ésta tendencia humana fundamental después de que su inocencia se demuestra ante el rey egipcio. Dice: «No me eximo de culpa. En verdad, el alma siempre se inclina al mal, salvo aquellos a quienes mi Señor tiene misericordia». Y, en efecto, cuando Zuleikha lo tentó dos veces, el Corán aclara que su éxito al resistir sus artimañas no se debió a sus propias virtudes morales, sinó a la misericordia de Allah. Aunque lo que debe de considerarse es la cuestión de la indefensión humana ante una gratificación atractiva pero inmoral.
El tema de la impotencia humana ante una gratificación seductora (pero inmoral) es lo que debe considerarse profundamente arraigado en la repetición, por parte del concepto coránico: «En verdad, el alma que incita al mal, salvo aquellos a quienes mi Señor tiene misericordia». Éstos son, pues, los dos polos de atracción para el alma común -es decir, el alma que aún no ha encontrado la paz- y su inclinación fundamental hacia las posibilidades negativas dentro del efímero mundo de los fenómenos, y la orientación superior hacia la misericordia de Allah, que la atrae de nuevo hacia la pura positividad de la verdad última. La intensidad del contraste contenido en ésta poderosa frase coránica revela que encapsula una conciencia absoluta e inquebrantable de la necesidad de Allah en toda circunstancia. Ésta es la manera más apropiada de comenzar un mensaje de guía e instrucción a alguien a quien se le ha confiado autoridad sobre una tierra vasta y rica, donde abundan las tentaciones. Resalta como un poderoso recordatorio de la susceptibilidad del alma a las tentaciones en todos los niveles, tanto sutiles como manifiestas, una susceptibilidad que puede ser neutralizada y luego vencida -no por el alma misma-, sinó solo por la misericordia de Allah. Volviendo a las palabras de José: «Ver la evidencia de Allah implica, en todo caso, un discernimiento eficaz y, como consecuencia moral, un estricto autocontrol». Así, el esfuerzo humano por evitar el pecado no es incompatible con la necesidad de la misericordia para alcanzar la virtud; más bien, expresa una misericordia yá concedida y que yá está presente en el alma fiel. La capacidad de la voluntad humana misma para esforzarse por la virtud se considera en sí misma una misericordia preexistente depositada en la constitución o naturaleza espiritual, pero es una misericordia que debe transformarse en algo presente, o realizado, mediante un esfuerzo sincero por beneficiarse de éste poder divinamente otorgado y usarlo en la propia lucha por la virtud.
El modo en que se invoca la misericordia en el alma para convertirse en un elemento determinante de la vida moral y espiritual, es el modo en que la misericordia se invoca sin el aspecto negativo del asunto egoísta, y requiere ahora de un análisis más profundo.
La constante inclinación del gobernante a abusar de su poder y cometer injusticias y opresión exige más que una simple mención. Podría argumentarse que la cuestión de cómo abstenerse de la injusticia es un problema más complejo y ambiguo que su contraparte positiva: cómo actuar con justicia. El Islam estableció los preceptos positivos para la administración y el control de manera directa y explícita, pero lo que resulta menos explícito es la capacidad real, por parte de cualquier persona que ostente un cargo de mantenerse fiel a éstos preceptos ante las tentaciones que ofrece el poder. Se pueden promulgar leyes para castigar la corrupción, pero no podemos legislar sobre la voluntad o la capacidad de mantenerse íntegro frente a las maquinaciones del poder negativo. Ésto ayuda a explicar por qué las recomendaciones del pacto adquieren un carácter en su mandato de «liberarse de los deseos» y «controlar los deseos y abstenerse de lo que es ilícito». También se explica la necesidad de situar el mandato moral de justicia firmemente en el contexto de la espiritualidad vivida. De no ser así, y si no se siguen las instrucciones de la justicia, equidad y honestidad, carecerán de esa cualidad existencial que transforma tales mandatos de los supuestos abstractos en hechos innegables, y que transforman la obediencia formal a simples normas impuestas externamente en una conexión espiritual con la fuente de esas normas.
Para la tradición espiritual, a través de la cual fluye y se transmite la bendición mística del Profeta, (que Allah le bendiga siempre), es un contexto de instrucción. En cuanto a las diferencias en la forma externa de las tradiciones, éstas disuelven, según Emoli, en el fuego de la santidad la verdadera esencia y meta tanto del Tasawwuf como del Islam Sunnah wal Jamat. Pero esas expresiones exteriores, sin usar la acción interior, serán solamente como el polvo llevado por el viento.
La mención de la posibilidad de aflicción aquí nos recuerda la referencia de los sabios como aquellos que encuentran consuelo en lo que aterroriza a los ignorantes. Un posible significado de ésta cuestión categórica, es que una de las cosas en las que los sabios encuentran consuelo y de las que huyen los ignorantes es la oración, o más específicamente, la concentración pura en el Absoluto y la exclusión de todo otro pensamiento. También se trata de una muerte, donde el ego y todas sus preocupaciones se «sacrifican» ante la verdad divina, en la que la atención se centra únicamente en el Absoluto. Podemos entender el recuerdo de Allah, como el tema central de éste artículo, como algo inmerso en ésta concentración, que además constituye el camino que conduce a la cima del logro espiritual: la entrega del yo (ego) ante la verdad singular de Allah.
La práctica del recuerdo (Dhikr) de Allah es un tema de gran importancia central tanto en el Corán como en la Sunnah del Profeta, (s.a.w.s.). Sus dichos constituyen una interpretación de aquellos versículos coránicos que se refieren al recuerdo: si aceptamos la centralidad del recuerdo -dentro de la mejor disposición- el Libro de la Creencia que Allah SWT nos ha regalado es una revelación pura y sin tachaduras que busca la medicina efectiva para todos en la Espiritualidad Islámica más genuina invocando la dulzura de la misericordia del Señor del universo. ¿Acaso no es ésta una hermosa generosidad por parte de Allah Todopoderoso para todos ustedes?
Assalamo Aleikum.